Descubrimos en el otro opiniones que no esperábamos encontrar.
Bélgica nos sentó a una mesa y puso en juego nuestra
amistad. Hablamos mucho durante el vuelo, cuando llegamos a Bruselas, en el
metro, caminando al hotel, compartiendo una cerveza en la Plaza de España.
Descubrimos en el otro opiniones que no esperábamos
encontrar. Primero, por el cariño que nos tenemos, evitamos que saltara la
chispa y aunque a ambos nos incomodaba lo que pensaba el otro, nos contuvimos.
Mesura a base de silencios, cambios de tema, fotos, anécdotas… Ambos tiramos de
toda la artillería necesaria para evitar que afloraran diferencias que habían sido
una incógnita durante 30 años. Cedimos hasta que la discusión fue incontenible.
Y estallamos. Gritamos en mitad de la calle, uno defendiendo el derecho a
equivocarse; otro, la necesidad de
castigar el error. Nuestra amistad había sido de libro hasta entonces, sin
fisuras, con respeto, formidable. Había sido formidable, pero estaba dejando de
serlo. Cualquier asunto era susceptible de ser revisado. De repente nos
despreciamos el uno al otro por nuestras ideas. Fue formidable darnos cuenta.
Fue formidable ver que nuestra amistad salió reforzada de Bélgica.