Cuando estar alejada tenía sentido.
Me corrigió (¡qué atrevido!), pero llevaba razón. Russian Red no cantaba un tema propio cuando suspiraba Girls just want to have fun. Versionaba en mi salón un tema de Cindy Lauper. Él no sabía nada de la señorita Red; yo no sabía nada de la señorita Lauper ni de otras muchas cosas. Echado en el sofá, con el ordenador sobre su pecho, me preguntó qué hacía tan lejos. ¿Quién?, ¿yo? Estaba sentada en el sofá de al lado, a un metro de él, leyendo el periódico de ayer. Tan lejos, ¿dónde? No se me ocurría un lugar más próximo. Así que extendió el brazo hasta alcanzar la pata del mueble y nos arrastró a ambos hasta él. Ahora sí, dijo. Saqué la pierna sobre la que estaba sentada, la pasé por encima de su cabeza y la estiré a su derecha. Cuando Russian Red había terminado, él empezaba a acariciarme el tobillo mientras seguía buscando música en el ordenador. Yo, sin embargo, me había quedado atascada en el mismo párrafo del periódico. Era el mismo que había empezado a leer un metro más allá, cuando estar alejada tenía sentido. Ahora estaba aquí pegada, demasiado cerca para entender nada.