El Balón


Naranja muy oscuro, casi marrón, olía a parqué brillante, a tablero, aro y red sin estrenar.






Era mucho más que un balón de baloncesto. Muchos no lo sabían, así que tocaba convencerlos. Fue lo que ocurrió cuando aquel padre decidió que había llegado el momento. Para su mujer no era más que una pelota; para él, un guiño a la relación con su hijo. Era un reto de cuero a batir por la mandíbula del perro y el balón con el que nunca jugaría la hermana pequeña. Donde la madre solo veía derroche, él veía una inversión a presentes y futuras sensaciones.

Naranja muy oscuro, casi marrón, olía a parqué brillante, a tablero, aro y red sin estrenar. Botarlo era escuchar los latidos contra el suelo, los aplausos de la grada, el impacto en la zona de un cuerpo contra otro. Como si acabara de sentenciar una final de play off, estaba tibio, nunca frío. El tacto era suave y adherente. Podías acariciar su nombre, en relieve, y dibujar sus letras con los dedos: 'Spalding'.

Cada vez que de camino a casa paraban en la tienda de deportes y el niño disponía sus diez pequeñas yemas en torno al balón, un halo blanco y enigmático los envolvía a ojos del padre. Entre la puerta de la tienda y la canasta de debajo de casa, 12.000 pesetas. Pero era mucho más que un objeto de valor. Tenerlo entre las manos cuando nadie en el barrio lo tenía infundía respeto.

El hijo se dormía soñando con él, dividiendo el juego de los Bulls, ejerciendo de director de orquesta de un equipo entregado a sus órdenes, colocándole la bola a Jordan en rincones imposibles. Con él bajo el brazo se imaginaba entrando en clase 10 centímetros más alto que sin él.

Desapareció antes de que hubiese pasado una semana. Todos lloraron su ausencia por diferentes motivos. Hubo quien desde aquel día tuvo un balón con el que no pudo jugar de por vida en las canchas de 10 kilómetros a la redonda. Probablemente, le bastaba con soñar que se codeaba con Rodman.