Sambar


Conté con una sonrisa los agujeros de las sábanas.






Mi habitación se llamaba Caetano Veloso. De cada puerta colgaba un cartel con un nombre y este era de los pocos que conocía, así que sentí desde el principio que había tenido suerte. Me acomodé rápido, me pegué una ducha, conté con una sonrisa los agujeros de las sábanas y dejé preparada la ropa para el día siguiente. Estaba cansada, pero sentía curiosidad por aquella casa de mil colores. Nos había costado encontrarla y una vez allí nos apresuramos en cubrir la documentación, pagar y dirigirnos a las habitaciones. Nos despedimos en la entrada sin muchos miramientos y casi dándonos las buenas noches. Anochecía cuando bajé aquellos cinco peldaños que separaban mi puerta del patio donde al día siguiente servirían un desayuno al que yo nunca llegaría.

Me metí por una puerta a mi derecha. El viento que ni se adivinaba en el patio silbaba a sus anchas, me retorcía la camiseta y empezaba a alborotarme el pelo mojado. Cuatro hamacas, roja,verde, amarilla y azul, dispuestas a lo largo del pasillo de madera, prendidas a cada lado de la pared. Jugué a mecerme y abrigarme en la primera. Resguardada de la corriente, en aquel refugio endeble, podía distinguir el sonido de una guitarra. Al fondo había un enorme ventanal. Dos hojas de madera abiertas y sujetas a la pared y otras dos hojas de cristal que amenazaban con romperse en mil pedazos si el aire decidía golpearlas contra el marco. Crujió el suelo al acercarme. Me asomé. Allí abajo alguien tocaba la guitarra. Reconocí el tema ‘Aquarela’. Apoyé la cabeza en el quicio y me quedé allí escuchando. No sé cuántos temas habían sonado cuando el hombre reparó en mí y gritó desde abajo. “Você sabe sambar”. Lo aseguró, no era una pregunta. "Supongo que sí" -pensé para mí-. "En sueños y con la música de Caetano, cualquiera sabe ‘sambar'".