Mi memoria ha pasado a recogerlo por los nombres de los bares.
Doy otro mordisco al bocadillo cuando en la radio pronuncian "Siroco". Hasta hace unos años, esa era una palabra que mi madre usaba para decir que el viento le había alborotado la semana. Era también la marca de un coche y una de esas palabras que parecen gallegas, pero que siempre dudo que lo sean. Eso hasta hace unos años. No me acuerdo en qué momento "Siroco" dejó de significar todo eso y pasó a ser el nombre de un bar de debajo de casa. Cuando nos mudamos a la calle Quiñones el "Siroco" quedaba a cinco portales del nuestro. Era un bar en el que hacían conciertos. El sonido no era muy bueno, pero tenía algo. Lo conocía porque unos amigos me habían llevado hacía tiempo. Luego oí hablar de él. Por eso cuando nos mudamos allí, el "Siroco" borró todas las acepciones anteriores y monopolizó la suya. De alguna manera, en él estaban puestas las expectativas de aquel cambio. No fue como esperamos. Vivíamos a unos metros de él, pero nunca lo pisábamos. No teníamos tiempo para vernos, ¿cómo íbamos a acercarnos a un bar, aunque de él dependiera nuestra felicidad? A unos metros de él dos años de convivencia se subieron a un coche y no quisieron decir adiós, pero se fueron. "Siroco" ahora está traspapelado en mi cabeza. Hoy este grupo, Carol and the covers, toca ahí. Mi memoria ha pasado a recogerlo por los nombres de los bares, pero no lo ha encontrado. Le diré que busque en la carpeta que dice Despedidas.