Standstill


Saltamos, dejamos que la ropa se nos cayese, juntos.






Hacía mucho tiempo que no escuchaba música con un sonido de tanta calidad, tan limpio, tan nítido y a un volumen tan alto. Era un ordenador el que reproducía una serie de archivos, pero eran dos enormes altavoces, uno a cada lado de la pantalla de plasma, los que lanzaban a Standstill por las paredes arriba hasta la ventana de la azotea. En todo eso iba pensando cuando subimos allí. Hacía mucho sol. Reflejaba en los azulejos y me lloraban los ojos. Sabía que estaba tramando otro momento. Era especialista en esto. De la nada convertía una tarde cualquiera en "las risas que nos echamos al volver de la playa", una mañana en "¿te acuerdas de aquel desayuno?", una cena en "aquello tan rico que cocinaste aquella noche". Por eso probablemente lo quería, por esa habilidad suya de cubrirme los ojos con una venda y hacerme olvidar quien soy. Apenas hablamos. En el suelo, mojados con el agua de una manguera, empapados, con Standstill a todo trapo, saltamos, dejamos que la ropa se nos cayese, juntos.