Los nervios hacen con mi estómago una bola de papel.
Le insisto en que esa persona no es buena para ella. Lo que desde aquí donde yo estoy se ve claro y nítido, desde donde ella está, sea donde sea, se ve siempre difuso y ambiguo. Creo que cada día se administra la dosis justa de ilusión y de mentira para no desistir y proteger contra viento y marea una sospecha. Confía en que un día podrá decirme eso tan de madre: "Lo ves, tenía razón" y desmontar mis argumentos, demostrarme que esa persona no va a hacerle daño. Y a mí, por su bien, me gustaría que así fuera. Pero desde esta atalaya todo lo que a ella le ocurre lo hace bajo un sol radiante y se ven las amenazas a tiro de piedra.
En mi vida suena Police de vez en cuando, suena este tema, sale de un teléfono móvil. Los nervios hacen con mi estómago una bola de papel. Presiento dolores de cabeza, sabor amargo en la lengua, sudor frío en la espalda, noches sin dormir, días sin comer. Pero la música se interrumpe al pulsar un botón, desactiva todo lo anterior y vuelve a colgarme una sonrisa estúpida en la cara. Me doy cuenta. ¿Hay alguien subido a una atalaya lo suficientemente alta como para detenerme? Perdón, ¿como para juzgarme?