De ida y vuelta


No vuelves, vas. Vas, pero no vuelves. 







Volver a veces no significa regresar, es ir. Ir a un sitio que no conoces porque cuando te fuiste era uno y ahora que vuelves, cada vez que decides volver, es otro distinto. La gente no sabe que cada mañana (y cada desayuno, camino al trabajo, trabajo, comida, tarde, trabajo, paseo, compra, cena, película, noche) ha moldeado y hecho una muesca irreversible en su carácter. Cada mancha de tinta en las manos, cada tropiezo en la escalera, cada vez que el coche se cala, los cambia, acentúa o atenúa algo de su personalidad. Los ojos del que llega ven todo como una instantánea, como algo que en ese instante no se mueve. Los demás observan al que llega de la misma manera. Lo miran, lo escrutan, lo estudian. Piensan en sus gestos, en sus expresiones, en todas las que antes no estaban y ahora sí. ¿De quién las habrá sacado?, ¿qué le habrá ocurrido? Vas porque no vuelves. Vas y conoces a otros 'yos' de esas personas que creías conocer. Ese camino de ida siempre hay que desandarlo. Vuelves al punto de origen, vuelves al lugar del que partiste. Pero no vuelves, vas. Vas a un lugar que conoces, pero te acompaña el grito de aquel bar que provocó nuestra risa, el charco que pisaste sin darte cuenta, la farola que no viste al darte la vuelta, la lágrima que esperaba encontrarte. Saliste de casa con una mochila que has dejado allí. Vas a casa, que no vuelves. Vuelves a casa, pero no es tu casa. No vuelves, vas. Vas, pero no vuelves. Vas porque no vuelves.