Expiaciones rutinarias


Te culpas de su falta de interés por ti.





- Mira, no te había enseñado esto.

Se giró para darme la espalda, se recogió el pelo con las dos manos y apareció un tatuaje. Unas letras que comenzaban en su cuello y caminaban en vertical hasta desaparecer tras la camiseta.

- ¿Qué pone?

- Sergio.

- ¿Sergio?

- Es un tío con el que me lié una noche.

Nos miramos y nos reímos. Un silencio, esperando la respuesta, la buena, la de verdad.

- Pone Sergio, o eso es lo que me dijo el que me lo hizo.

Volvió a reírse, esta vez nerviosa, buscando una manera de explicarlo y que no sonara raro. Continuó.

- No… es el nombre de mi padre.

- ¿De tu padre?

- Sí, se llamaba Sergio.

- ¿Lo sabe tu madre?

- No, todavía no se lo he dicho.

- Pues le va a hacer mucha, pero que mucha gracia…

Esta conversación me viene a la cabeza mientras tú y yo hablamos. Veo ese colgante en tu cuello y pienso que, como ella, le rindes un pequeño homenaje diario. Tu padre lo llevaba siempre en el coche y cuando murió, lo cogiste. Nunca te lo quitas. Cuelga de tu cuello casi sin darte cuenta. Lo llevas porque te libera. Se lo brindas como una ofrenda o como una penitencia. Con esa pieza pegada a ti te administras la dosis justa de miedo para no olvidarlo. Te culpas de su falta de interés por ti. Tú y ella pensáis que ellos os quisieron a su manera. Os lo repetís para que el rencor no lo inunde todo. Por eso ella se tatuó su nombre en el cuello. Por eso tú llevas ese colgante.