Esta canción dejó de abanderar aquellas cosas horribles que me contó.
Una serpiente boa que digiere un elefante. Es la imagen que me viene a la cabeza cuando escucho esta canción. Veo al elefante dibujado tal y como aparecía en 'El Principito', dentro de la serpiente que los adultos confundían con un sombrero. Pero eso es ahora. La he asimilado, mi cuerpo la tolera y ya no me hace daño. Ya no quema y arrasa todo a su paso desde los oídos a las plantas de los pies. Ahora me río de cuando lo hacía. Me imagino la estrechez de una boca, la de la serpiente, y el tamaño del elefante, enorme. Escuchar esa canción, digerirla, disfrutarla, dolía en la garganta.
La primera vez que la escuché, me gustó, pero no reparé. Era un disco suyo así que volvió a sonar en casa. Le pregunté quién era. Me dijo resuelta y resabida: “Antony”, así, a secas, como si lo conociera. Y me habló de Isabel Coixet y de 'La vida secreta de las palabras'. Yo no solo no había oído hablar nunca de él ni del grupo sino que estaba convencida de que la voz era la de una señora negra, bajita y rechoncha, vestida de raso brillante. Se lo conté y se rió. Entonces la canción fue alegre. Sonó muchas más veces y, si estábamos juntas, nos reíamos.
Pero llegó aquel día. Lloró, lloró y volvió a llorar. De lo mucho que me contó recuerdo poco; de lo poco, no olvido que fue triste. Ocurrió mientras sonaba la canción. Después de aquello, cada vez que estábamos en casa y de repente llegaba el turno de Antony en el reproductor de música, ella o yo o las dos corríamos para deternerlo y forzar el tema siguiente. Si sonaba en la radio, igual. Pasó mucho tiempo. Dejamos de vernos. Y esta canción dejó de abanderar aquellas cosas horribles que me contó. Pasé a identificarla con ella. Me dolía porque escucharla era ver un dedo acusatorio. No me había esforzado lo suficiente. Y entonces tragaba y dolía. Ha vuelto a pasar mucho tiempo. Ahora no duele. La que traga ahora es una serpiente boa que no existe. Me imagino un elefante dentro y me río.