El remiendo ahora eran aquellas dos piezas metálicas idénticas que abrían las puertas de su casa.
Le estaba dando la vuelta a la tortilla cuando las llaves sonaron en la puerta. Al oír ese ruído seco contra la madera y el crepitar de unas llaves contra otras se dio cuenta de que era la primera vez en mucho tiempo. Se miró las manos mientras el sonido de unos pasos se acercaba por el pasillo.
Le había dado la vuelta a la tortilla sin darse cuenta. Lo cierto es que había apilado los cacharros sucios en el fregadero, había dicho en alto un: - Hola, hola -, había seleccionado a Lianne La Havas en Spotify y había iniciado una conversación banal, todo ello sin darse mucha cuenta. Por debajo de todo eso intentaba hacer memoria. No había manera, no recordaba ninguna otra vez. Era inédito. Ella sola en su casa, adelantando trabajo, preparando la comida y esperando a alguien. Alguien que entraba en su casa como si tal cosa, sin anunciarse con el sonido de timbres o llamadas.
Mientras hablaba lo justo para mantener una conversación a la que no estaba prestando atención, se miraba las manos. En ellas, como en una sala de cine, se proyectaba aquella escena, aquel atropello, aquello que no tuvo ningún sentido. Aquella vez en la que no hubo ni llamada ni timbre, solo llaves. Cuatro pasos hasta la puerta que se abrió a los gritos, a los golpes, a los desgarros en la ropa, en la piel y en los años que pasaron.
El remiendo ahora eran aquellas dos piezas metálicas idénticas que abrían las dos puertas de su casa y mucho más. Para diferenciarlas decidió fijarse desde el primer día en algo que le ayudara a distinguir cuál era la de la puerta de fuera y cuál la de la puerta de dentro. La de fuera tenía más dientes que la de dentro.