El ronroneo de una gata


Por la sencillez de un sonido, el de su respiración, capaz de hacer que me olvide de todo, que me entretenga imitándolo, que consiga adormecerme y dejar de llorar.






Un motor a dos velocidades, un sonido más grave y luego el mismo, pero más bajito, como ahogado. Con razón se llama ronroneo. Pegada a mi pecho vino un rato después de que empezara a llorar. Me gusta pensar que la gata se quedó echada en la silla mirándome a la espera de un gesto que le dijera: - Ven, y cansada de esperar, se acercó para preocuparse por mí. Se acostó a mi lado en el sofá, como si supiera que su calma me contagiaría. La canción solo pudo firmar la autoría de una cuantas lágrimas más. Las razones de todas las anteriores eran de todos los colores. Empezar llorando por un lance de la película y acabar haciéndolo por la lucha de todas las mujeres, por la memoria de los vencidos, por los atropellos de los que aún se creen vencedores, por mi ignorancia, por haber perdido aquella buena costumbre de dejarme aconsejar que me llevó a leer ‘La voz dormida’ de Dulce Chacón, por la ingenuidad que hace a los ingenuos grandes, por la belleza de la inocencia, por el descaro del poder, por aquel mal día de trabajo, por esa mano que se desvela y ahora acaricia mi pierna, por la sencillez de un sonido, el de su respiración, capaz de hacer que me olvide de todo, que me entretenga imitándolo, que consiga adormecerme y dejar de llorar.