De la eficiencia de esa mujer que está sentada en el centro de todos, depende el futuro de cada uno de los que la rodean.
"No se va a despedir a nadie", "no es una situación crítica", "nada cambia de la noche a la mañana", "esto es una batallita más que durará lo que tenga que durar". Son frases que ella pronuncia en medio de un círculo deforme, el que dibujan los compañeros sentados en mesas desperdigadas a su alrededor. Aquí una impresora, aquí un compañero, aquí una estantería, aquí una pila de bandejas… Ella en el mismo centro. Habla saltando de una cara a otra, buscando unos ojos en los que enhebrar sus palabras, pulsando reacciones, captando arqueos de cejas, buscando a veces las manos para ver si juegan nerviosas con un bolígrafo, si se agarran una a la otra, si tienen anillo, si no, si se giran para ofrecer la hora. De las capacidades, de la eficiencia de esa mujer que está sentada en el centro de todos, depende el futuro de cada uno de los que la rodean. Sobre su regazo un bebé se agarra a su pecho. Rodea su seno con unas manitas que se agitan en el aire cuando no las usa para agarrar una piel que guarda un duro mensaje. Unas palabras que son las notas de un arrullo para ese bebé y, al mismo tiempo, cuerdas sobre las que hacen malabarismos todos los miedos de quienes la escuchan.