Sentada sobre la alfombra, entre la cama y el armario, pensaba que ya nada peor podía ocurrirme.
Impertinente es una palabra que no escuchaba desde que me cabreaba a primera hora de la mañana porque el cordón de las zapatillas estaba hecho un nudo, no podía deshacerlo y no podía ponérmelas. Sentada sobre la alfombra, entre la cama y el armario, pensaba que ya nada peor podía ocurrirme ese día que no había hecho más que comenzar. Era consciente de su insignificancia, de cómo un nudo conseguía ponerme contra las cuerdas, hacer que mi paciencia saltara por los aires y empujarme por un tobogán de ira que aumentaba, aumentaba y aumentaba al verme incapaz de deshacerlo.
De esa cosita pequeña y blanca con la que me topaba por haberme sacado el calzado a golpe de talón la tarde anterior se desprendían varias situaciones que ya conocía y que me enfadaban todavía más. Mi madre se lavaba los dientes en el baño, tosía y escupía, se mareaba mientras yo luchaba en la habitación con mi pequeño enemigo. Un “¡Espabila!” daba el pistoletazo de salida a palabras que ya formaban parte de un ritual, una especie de aquelarre matutino.
Ese nudo me impedía avanzar y llegar a muchas citas. La leche hervía en la cocina y huía del cazo quemando todo a su paso. La perra no aguantaba más y se meaba en el periódico. La vecina, señora María, una mujer sin noción del tiempo, llamaba a la puerta para, como cada día, saber si todo iba bien, ajena a conceptos como reloj, tarde, apuros...
Los planetas y las estrellas y el universo entero se alineaban en esas mañanas para que fuese imposible salir con una sonrisa de casa. Deshecho el nudo, limpiada la cocina, paseada la perra y limpiado lo que ya se le había escapado, despejada la vecina… llegaba el momento de escuchar esa palabra: Impertinente. Era su réplica a mi exposición de los hechos en el viaje en ascensor hasta el garaje. Si la mañana era de perros, mejor no describirla, mejor no regodearse en ella, mejor barrerla y esconderla allí donde ni tú ni nadie puedan verla. Es la conclusión a la que llegaba cuando mi madre me decía “Impertinente”. No sabía qué significaba con exactitud, pero si la usaba para restar mis reflexiones en días a cara de perro… el mensaje me quedaba bastante claro: No es el momento de poner nota a la mañana cuando todavía no ha ni empezado y no seas tan susceptible y quejumbrosa porque todo puede empeorar.
Con el tiempo la entiendo, me divierte pensar cómo un nudo podía sacarme de quicio y cómo mi madre tenía la habilidad para zanjar la mañana dedicándome un “Impertinente”. Salía del coche convencida de que no quería volver a importunarla en mucho tiempo, pensando en que bastante tenía ella ya y que durante unos días iba a procurar estar calladita.
Ahora, después de muchos, muchos años, alguien ha vuelto a dedicarme un "Impertinente". Una palabra que tuve que salir a buscar a mi infancia. El efecto que ha producido, muy semejante. Ganas de quedarme callada por un tiempo. Ganas de esperar, escuchar este tema de Melody Gardot y ver qué pasa. ¿Me reiré dentro de unos años?