El infierno cerraba hasta mañana y tocaba subir las escaleras.
Lo más parecido a eso de “bajar a los infiernos”. Un umbral estrecho del que partían unas escaleras, no muy largas, en las que al bajar el tercer escalón el humo salía a recibirte. El local cerró después de la ley que prohibía fumar en bares y restaurantes. Una vez abajo, el ambiente era de ‘Octubre Rojo’, podías escuchar quejarse a las tuercas, pequeños estallidos que te advertían de que aumentaba la profundidad.
Apenas 20 metros cuadrados de camisetas de ‘Fundiciones Sardo’, botellines de 'Estrella', algún que otro taconazo, mucho chandal, poco chicle, algún que otro porro, un pintalabios, un par de rayas... Dos metros de barra a la izquierda, la cabina acristalada del DJ al fondo y una galería de posters en la pared de la derecha. Jim Morrison, Dylan, Iggy Pop, Jagger y hasta un desubicado Lennon. Sus poses en nada desentonaban con esas que ondeaban a este lado de la barra. A medida que pasaban las horas, la masa era más densa y compacta. El que antes estaba en la esquina y miraba de reojo ahora te ofrece un cigarro y su vida en cuatro palabras. Si convence, adelante; si no, atrás. Y a tu espalda, otra vida. Y así hasta conseguir múltiples combinaciones que unían y separaban a dos personas que en un momento dado se sonreían y hablaban.
Cuando los ojos empezaban a picar, como si fuera por prescripción médica, sonaba esta canción. El infierno cerraba hasta mañana y tocaba subir las escaleras. Esa lenta peregrinación se me viene ahora a la cabeza. Ahora que te veo de espaldas, parada en el paso de cebra, agitando la cabeza y blandiendo una guitarra imaginaria. Y la tienes, tu Ipod la dibuja entre tus brazos. Te miro mientras en mis oídos los cascos de mi radio disparan este tema. Recorto tu silueta, la coloco escaleras abajo y la rodeo de humo.