Bienvenida al enemigo


A cada pequeño tropiezo, ondearlas como una bandera blanca en mitad de la batalla.






Era un niño. Había sido un niño. Quería seguir siendo un niño. Eso le permitía refugiarse en la inocencia, en la ignorancia, en la ingenuidad… A cada pequeño tropiezo, ondearlas como una bandera blanca en mitad de la batalla. Pero a cierta edad parece que ni la inocencia, ni la ignorancia, ni la ingenuidad eran posibles. El conocimiento imponía la prudencia. Antes de sufrir las consecuencias de un daño inesperado, mejor ser precavido. Y eso implicaba levantar con el paso de los años enormes muros de piedras pesadas, engarzadas una a una en una trenza defensiva rematada por alambre de espino. Una vez garantizado el refugio, era necesario alimentarlo con la dosis justa de desconfianza, inseguridad y… ¿miedo? ¿A qué? Faltaba lo esencial para que todo el mecanismo funcionara, faltaba un enemigo, o no... Ahí estaba él. El más cauto.