Años de rutina atravesados de repente por una pelota.
La pelota volvió a salir por encima de aquella tapia. Era la tercera vez en esa semana y estábamos a miércoles. Justo cuando paso por la acera, la pelota sale disparada y rueda unos metros. Una voz grita desde el otro lado: ¡La pelota! Me detengo, me giro hacia el lugar del que proviene la voz y miro la pelota. Para recogerla me toca desviarme un poco de mi trayectoria, acercarme al muro y devolverla al patio del colegio. Todos los días a media mañana salgo un momento del trabajo. Coincide con su recreo. Años de rutina atravesados de repente por una pelota. La decisión es mía, podría no recogerla, pero lo hago, me apetece, empiezo a establecer una extraña relación con esa tapia inexpugnable y parlante. Me meto en la cama ilusionada, espero que esa pelota vuelva mañana a asaltarme y un grito vuelva a pedirme que se la devuelva. Y enseguida empieza a crecer en mí un pequeño temor. Sudo, me angustio, me falta el aire y este tema me quita el sueño. Un día, la pelota será también rutina.