No son los padres


Varias parejas de zapatos salieron a tu encuentro. 





Zapatos. Una hilera de zapatos y mucho silencio, demasiado. Es un resumen, el resultado de una noche cualquiera que se empeñó en no serlo. Una noche más. El sol se puso a eso de las seis y veinte minutos de la tarde, casi a la misma hora que ayer, casi a la misma que mañana. Pero a diferencia del día anterior y posterior, hoy en muchas casas muchas personas iban a echar de menos a otras pocas; en otras casas, unas pocas personas extrañarían a muchas, y en otras pocas casas, menos que las anteriores, no aparecería nadie y las luces permanecerían apagadas. En aquel mismo instante, aquella noche terminaba para todos.

Las horas habían avanzado sin que nadie pudiera frenarlas hasta que la niebla empezaba a resquebrajarse y por sus hendiduras el sol brillaba y crecía del lado contrario al que se había escondido. A muchos la luz les dejaría ciegos solo un momento, suficiente para suponer una molestia. Picaba esa mañana en los ojos, entumecía el cuerpo y arrojaba tus pies a un suelo helado. Caminaron sin saber muy bien por dónde, igual que cuando te trajeron hasta aquí. Varias parejas de zapatos salieron a tu encuentro. Pequeños, grandes, de señora, de niño y de caballero, de deportes y de vestir… Izquierdo y derecho, colocados unos al lado de otros con ceremonia y disciplina militar hasta completar una larga hilera. No había regalos.

Cerraste la puerta con sigilo y con la misma diligencia con la que el sol te había despertado aquella mañana. Pensé que irías en busca de tus zapatos. Pensé que creías en los Reyes Magos. Pensé que te iba a echar de menos.