Bendita oscuridad



Un vaivén de olas relucientes cuyo brillo el mar se sacudía en la orilla.





No era lluvia. Nada más echar un pie fuera de casa me inquietó aquel susurro en la noche, un cambio repentino del viento, un silencio que no era. El estrecho callejón se terminaba; su oscuridad también. Un resplandor salió a recibirme cuando llegué a la avenida. Jugó a ponerme una venda en los ojos, a entorpecerme el paso. Procuré caminar sin pisar alguna de aquellas luces. Estaban por todas partes, a un lado y a otro del suelo. Se contaban por cientos, miles…  en el suelo, sobre los bancos, en los techos de las casas. Vibrantes, palpitantes, pero débiles, cada vez más débiles.

Enfrente, un mar inmenso y luminoso. Un vaivén de olas relucientes cuyo brillo el mar se sacudía en la orilla. Arriba un cielo negro rotundo, una oscuridad implacable empezaba a mordisquear mi espalda y a devorar cada una de aquellas luces. En un abrir y cerrar de ojos todo quedó en penumbra. Ese día, sin darnos cuenta, apagamos todas las estrellas del firmamento.