Ese silbido que despeina, que entorpece al que escucha, que saca a bailar a los árboles.
“Llego a ver el viento”. La frase me rescató de algún lugar recóndito al que había ido a parar seducida por el ulular de las convenciones. “Si giro la cabeza al máximo”, me estaba contando, “soy capaz de leer el final de la frase”. Se había tatuado en el hombro derecho: ‘Las palabras, se las lleva el viento’ y con sus propios ojos y sin espejos solo alcanzaba a leer las dos últimas asomando por debajo de su cuello.
Me llevé una pequeña decepción. En apenas unos segundos, creí que me había elegido para confiarme un secreto. La había imaginado poseedora de esa capacidad. Ver el viento. Me había dicho “Llego a ver el viento” y yo me lo había creído. Me encantaba esa idea, ella acompañando a una imagen (no sé cuál, la que fuese que tuviera el viento) a ese silbido que despeina, que entorpece al que escucha, que saca a bailar a los árboles, que revuelve en la basura, que te empuja y te impulsa si te giras.
Pero no, no era eso. Necesitaba dos espejos. Eso era todo. Necesitaba dos espejos para leer la frase que se había tatuado en la espalda porque sin ellos solo veía el final: “el viento”, el único que esperaba fiel a que sus dos ojos lo buscaran por debajo del hombro.