La indignación de aquellos dos o tres no fue más allá de sus miradas.
- ¿Quen son eu?, ¿quen din eles que eu son?, se interrogó el párroco al tomar uno de los pasajes de la Biblia en el que Jesús indagaba en su entorno para conocer si eran acertados los dimes y diretes sobre él. Pronunciaba la misa en gallego y utilizaba el castellano cuando quería sumar solemnidad al asunto.
Lejos de buscar respuestas a las cuestiones que el cura planteaba, el pequeño auditorio merodeaba por sus propios pensamientos. Lejos de generar expectación, lo que conseguían aquellas preguntas era adormecer a un público ya de por sí aletargado por el cansancio del duelo. A la sombra de un millón de árboles, en los que a esa hora pastaban un millón de vacas y a la espera de la noche más corta del año, algunos aprovechaban aquel preciso instante para reproducir en sus mentes momentos vividos con la compañera que hoy despedían. El tono empleado por el hombre para su alocución invitaba a eso mismo, a no detenerse en el significado de sus palabras y a continuar por el camino de la memoria hacia los recuerdos, hacia las cavilaciones particulares.
Apenas dos o tres mantenían una escucha activa. Justo los dos o tres cuya atención no merecía la pena despertar por incompatibilidad de convicciones. Los dos o tres a los que aquella música no conseguía embriagar, concentrados en el discurso del párroco desde el principio y a la espera de la pirueta final. Y llegó. - ¿Por qué facernos estas preguntas hoxe, aquí, frente ao cadáver - así de explícito - da nosa irmá?, se interrogó de nuevo aquel hombre próximo ya a terminar su retorcido ejercicio oral de difícil seguimiento. - É fundamental que nos fagamos hoxe esas preguntas porque hoxe, na era do coñecemento é cando menos se coñece a Dios [Deus] noso señor. ¿Como pode ser posible que sexa este o momento no que menos sabemos de Jesús [Xesús]?, ¿qué terá de malo? Un silencio respondió por todos los presentes; por casi todos. La indignación de aquellos dos o tres no fue más allá de sus miradas.