Aquella tarde era el que menos pensaba en la hora.
Las dos y veinticinco. Tres menos cuarto. Pasan unos diez minutos de las tres. Falta ya poquito para que den las cinco. Cinco y veinte. Cinco minutos para las seis. Y así toda la tarde. Él era el único de los 12 presentes que llevaba reloj. Eso no significaba que vivieran sin noción del tiempo, de hecho, cada poco, alguien se dirigía a él para preguntarle la hora. Él llevaba dos relojes, uno de pulso en la muñeca derecha, y otro digital en la izquierda. Una rara costumbre que le gustaba conservar. Probablemente aquella tarde era el que menos pensaba en la hora.