Ella se iba esta vez más lejos que de costumbre. Prefirió no decirlo.
Cuca. Diana. Estrella. Eran las respuestas a "¿Cómo se llama tu niña?", "¿Cómo se llama tu perro?" y "¿Cómo se llama tu mamá?" Lo que empezó como una rara presentación entre el niño y la mujer acabó siendo un saludo cómplice. A partir de entonces cuando se veían él sonreía y decía en alto: "Cuca. Diana. Estrella" y aguardaba unos segundos a que ella asintiera para que su gesto interrogante estallara en una carcajada. "¡Sigo acordándome!" es la frase que acabó sumándose a aquel ritual. Nunca pasaba demasiado tiempo, apenas unos días hasta que volvían a encontrarse. A diez metros de distancia, ella arqueaba las cejas y disponía sus labios para formular las preguntas. Nunca daba tiempo. Antes de que pudiera pronunciar una palabra él le entregaba su correspondiente: "Cuca. Diana. Estrella. ¡Sigo acordándome". Ese saludo consiguió que sonrieran en muchas ocasiones, incluso dibujó una sonrisa en las caras de algunos que, por casualidad, contemplaron la escena con ternura, admiración o envidia.
Llegó un día en el que los dos volvieron a representar aquel saludo y en el que uno de ellos sabía que tardaría en volver a repetirse. Ella se iba esta vez más lejos que de costumbre. Prefirió no decirlo. El niño gritó desde lejos: "Cuca. Diana. Estrella. ¡Sigo acordándome". Ella sonrió, se giró y deseó que no lo olvidara nunca.