Dos piedras. Cada día llegaba con dos piedras a casa. Una semana, 14 piedras. Las iba metiendo en un bote que fue pensado para guardar galletas. Modas. Sal de colores, tornillos, hojas secas perfumadas y ahora piedras. Había oído que José Saramago coleccionaba piedras de los lugares que visitaba. En su casa de Tías, en Lanzarote, guardaba decenas, casi todas muy pequeñas, polizones que pasaban la frontera en sus bolsillos, inesperadas pruebas de largos recorridos de ida y vuelta. A él le fascinó aquella confidencia cuando la escuchó de su viuda Pilar del Río.
Decidió que sus viajes a la playa dejarían de ser en vano. Empezó su colección. Pronto el bote de galletas se quedó pequeño. A veces las piedras eran insignificantes; a veces muy pesadas y angulosas. Si veía una de estas que le llamaba la atención, se sentía mal si pensaba en descartarla, así que después de mirarla con gravedad, comprobaba que podía cargar con ella, la acomodaba en sus brazos y la colocaba junto a otras ya en casa.
Cuando todas las estanterías estuvieron llenas, los armarios a rebosar, el suelo cubierto de piedras, piedras en el alfeizar de la ventana, en la despensa y en la nevera, cuando la bañera y el bidé desaparecieron bajo decenas de piedras, cuando ya la ropa se despidió y el sofá y la mesa dijeron adiós y las puertas se quedaron abiertas para siempre, cuando todo fueron piedras... Pensó que él no era escritor, ni mucho menos premio Nobel, ni portugués. Se sintió un loco rodeado de piedras que le hablaban de cada una de las tardes que había invertido en ir a buscarlas. Inició su viaje de vuelta. Una a una, las devolvió a la playa de la que habían salido. Cuando llevó las dos últimas regresó a una casa vacía en la que ya nada tenía sentido.