In(quebrantable)


Toda ella era un fortín en el que apenas se advertían debilidades.





Caminaba concentrada en la conversación. Las palabras acudían a su boca con disciplina militar y con rigurosidad académica. Se sabía escuchada. Lo que en realidad era una charla que discurría por los pasillos de un centro comercial abocada a una despedida, se había convertido en un discurso de extrema lucidez. Al caminar, toda ella era un fortín en el que apenas se advertían debilidades.

De tez morena, melena negra, lisa y brillante como su discurso, aquella mujer se calló y se detuvo en seco. Señaló al suelo. Al otro lado del cristal de aquel comercio, entre dos estanterías, una muñeca. Se dirigió a la puerta, entró y la recogió del suelo. Con una sonrisa se la entregó a la dependienta y le manifestó su deseo de que la dueña pasara a recogerla. Se giró y retomó el diálogo en el punto exacto en el que lo había dejado. La precisión con la que atribuía palabras a las ideas que rondaban su cabeza se volvió entonces tierna.

Tras el gesto, su interlocutor vistió de colores cada una de sus palabras. A unas les puso estampados; a otras, lunares. Se había dado cuenta de que su discurso podía parecer robusto, pero no inquebrantable. Creyó despedirse de una mujer distinta a la que había saludado hacía apenas una hora.