No habían nacido tan lejos y hablaban el mismo idioma.
Cogió un trapo y envolvió con él la cafetera. Quemaba y le faltaba el mango. Repartió el café en dos vasos. Cogió la lata de leche condensada y se dispuso a servirla. Echó una buena cantidad en el primer vaso y ella lo detuvo antes de que hiciera lo mismo con el otro. “No me gusta tan dulce”. Hacía mucho calor. Las ventanas estaban abiertas de par en par y fuera estaba nublado. Cuando la radio decidió que Bowie sonara en aquella sala en mitad del Atlántico, él comenzó su relato sobre el qué, el cómo, el cuándo, el dónde y el porqué. No habían nacido tan lejos y hablaban el mismo idioma. Rió y a veces estuvo a punto de llorar. Ella pensó que él no quería que lo viera llorar. Y no lo hizo. Así que a carcajadas le fue contando su historia, que era la suya, la de su familia, la de su pequeño país y la de un enorme continente. Sus palabras olían al cacahuete que había cultivado de pequeño, sonaban entusiastas como los gritos de los niños que jugaban en su pueblo. Él la invitó a cruzar las fronteras de unos diez países, revivir una dictadura, tres golpes de Estado, le enseñó a imaginar cinco hectáreas de arroz, la subió a una barcaza a la deriva y casi dos horas después la devolvió como si nada a la banqueta de madera en la que se había sentado al llegar. Su relato ardía como aquella cafetera sin mango y eso que no había hecho más que empezar. Sin un trapo con el que coger aquellas palabras sin quemarse, saboreó el café más amargo de su vida.