Llovió mucho el día que murió Lou Reed.
Llovió mucho el día que murió Lou Reed. La casa se encharcaba mientras la noticia de su muerte estaba aún por confirmar. El agua entraba por debajo de la puerta y por los bordes de las ventanas. Sonaba la Velvet cuando las tuberías empezaron a rugir. El pollo se doraba en la cocina cuando su manager confirmó en la radio que no cumpliría 72. Colocaba toallas en el suelo cuando, al vaivén de sus canciones, empezaron a bailar en el salón las palabras androginia, Factory, Bowie, Dylan, Lorca, ‘loureedianos’, punk, rimmel… Pisaron el suelo mojado, se resbalaron algunas, se diluyeron otras y, al detenerse la música, todas dejaron atrás una enorme mancha. La misma mancha de la que un hombre me había hablado apenas dos días antes, de madrugada, sentados los dos en un bordillo. Se había embarcado en Huelva y una sonrisa venía a buscarlo cuando el puerto de Vigo aparecía en su relato. Recordaba haberse amarrado a los muelles de Jerez, Vilagarcía de Arousa, Burela, Ribadeo, Santander y Hondarribia. No sabía en qué momento había vuelto a embarcarse dejando esta vez a una mujer y un hijo en tierra. No sabía en qué momento fue tan evidente que todos vieron la mancha menos él. Nadie le permitió nunca más subirse a un barco. Su vida giró en torno a ella. 18 años después, en aquel bordillo, suspiró aliviado. Me contó que una lluvia intensa se la había llevado. Llovió mucho el día que murió Lou Reed.