Con los ojos bien abiertos, todo se funde a negro.
Apenas en unos segundos el pitido se hace cada vez más agudo, se diluye lo que ves y, con los ojos bien abiertos, todo se funde a negro. Lo que viene después es desconcertante. Una secuencia frenética de imágenes: lugares de tu vida, ropa, caras conocidas... Conversaciones que no entiendes, discusiones que se quedan sin atar. Se suceden sin orden lógico y aunque existan solo en tu mente, intentas darles sentido y colocarlas. Mientras tanto, al otro lado, tu cuerpo espera a que regreses. Se retuerce como aquella vez, mientras sonaba Texas, tendido donde haya querido el momento. A veces magullado por la caída, a veces entregado al suelo con delicadeza. Desnudo en ocasiones, indeseablemente acompañado en otras, a cubierto o no, es igual, en mitad de la nada que es en ese instante todo lo que le rodea. Toca reencontrarse y corren los relámpagos por la espalda mojada. Miedo a despertar en tu propio cuerpo con el extraño sabor dulce de haberlo abandonado. Ha vuelto a ocurrir. Ha vuelto a saber dulce.