A su lado, tardes que anochecían en segundos, amaneceres del Fin del Mundo
Una sonrisa narcótica. Dedicada a desbaratar voluntades, especialista en blancos fáciles. Del ‘no puedo’ a ‘no debería’, del ‘imposible’ al ‘quizá’. Llevarle la contraria era complicado cuando decidía dedicarte una sonrisa. Se apellidaba Charlín, de los Charlines de Cariño de toda la vida. De Cariño y de toda la comunidad porque era así como los conocían de norte a sur de la costa. La prensa y los juzgados los vinculaban a lo mismo que se le achacaba a Galicia cuando se hablaba de rías, de nécoras, de pazos, de Oubiñas... Pero lejos de todo eso, lo que uno de los Charlines había fundado en un pueblo llamado Cariño, a pocos kilómetros de la torre de Hércules, era una escuela de seducción.
‘Meu’ servía para hermanarse con cualquiera que cruzara con él un saludo. Habilidoso con las palabras, tejía redes que eran historias lanzadas a unos oídos siempre atentos. Ojos que a veces no escuchaban, que solo querían memorizar aquella sonrisa, mirarla durante horas, guardarla para disfrutar de ella años después, muy lejos de aquel pueblo llamado Cariño. Esa entrega a discreción, esa falta de criterio al regalarse al primero que llegaba, conseguía acentuar nuestro egoísmo, sentirnos agraviados por tener que compartirlo.
Eran inútiles los intentos por arrancarle un ‘sí’, un ‘no’, un ‘siempre’ o un ‘nunca’. Él era devoto del ‘depende’. Fue a base de muchos como me enseñó a esperar sin prisa y con paciencia a que el ‘depende’ se convirtiera sin pronunciarlo en sí, no, siempre y nunca. Costó tiempo, pero llegó a dictar otras sentencias como por ejemplo ‘te quiero’.
Escuchar Dover es verlo a él rodeado por decenas de mosquetones, mástiles desnudos y cabos sueltos tañidos por el viento en aquel muelle pequeño. A su lado, tardes que anochecían en segundos, amaneceres del Fin del Mundo.