Los segundos pasan sin pena ni gloria en la calle Palacio Valdés.
Uno, dos, tres... Los segundos pasan sin pena ni gloria en la calle Palacio Valdés. Pasa el tiempo a una temperatura agradable. A veces una nube cubre de sombra el asfalto, amenaza con dejar agua, se arrepiente y se limita a refrescar esta mañana calurosa de viernes. El ambiente es distendido aquí, frente a la pared salmón de una casa cuya puerta custodian veinte agentes de la Policía Nacional. Un grupo de cuerpos de color azul marino que charlan, se rascan, sonríen, tosen, se muerden las uñas o se atusan el uniforme del que asoman tímidos, algunos tatuajes de formas tribales. Lucen brazos que aún en calma, parecen sujetar algo con fuerza, en los que se dibujan sobre la piel líneas que indican dónde termina un músculo y dónde empieza el siguiente. Huelen a after shave. La mayoría son hombres jóvenes, de estatura más bien alta si se compara con los centímetros que separan del suelo a las personas que tienen justo enfrente, unas 150. Mujeres y hombres de todas las edades que visten camisetas verdes, pero también polos de algodón blancos, chaquetas de punto grises con cremallera, camisetas de tirantes rojas y jerseys marrones que les hacen sudar. Puede que más de 10 países del globo tengan aquí a alguno de sus paisanos. Cantan, bailan, reparten agua y alimentos. Esperan, hacen tiempo o lo deshacen. El color salmón de la casa, el bloque azul marino y esta marea de colores infinitos, en la piel y en la ropa, componen un arcoiris extraño.
Dan las diez de la mañana. Mientras que hasta ahora todos habían estado pasando el tiempo, perdiéndolo, ahora les falta. Uno, dos, tres pasa a significar tres, dos, uno. Se acercan a este escenario los encargados de cambiar la cerradura a la puerta que custodia primero la pared salmón, después el colectivo azul marino y, por último, el grupo multicolor, que si en un principio se mostraba disperso, ahora empieza a compactarse.
Uno, dos y tres. Es la orden azul marina que conjuga la fuerza de veinte hombros en uno solo convertido en un ariete. El golpe se transmite como una enfermedad y corre rápidamente de un cuerpo a otro. Las personas caen al suelo con la vulnerabilidad y la simpleza de unas fichas de dominó, mientras lejos del forcejeo unas manos ágiles cambian la cerradura a la puerta atrapada en la pared salmón. Camisetas que se retuercen y que luchan en el suelo, jerseys hechos jirones y gritos, lloros y lamentos. Tres, dos, uno. No hay derecho. Démosle la vuelta al mundo.