Me enseñó a leer el periódico de otra manera.
Al irme a estudiar fuera, afloraron los porqués. Por qué no estaba muy al tanto de nada de lo que le había ocurrido al planeta y a nuestro país en los últimos años. En la facultad, el suelo estaba lleno de periódicos gratuitos en los que aparecían nombres que pronto se irían haciendo familiares. Algún día de la semana, si andabas espabilado, podías llegar a conseguir un ABC, con grapas todavía. Grueso, con imágenes a toda columna, gris, no me gustó. Fue en un bar, en torno a las 12 de la noche cuando empecé a leer EL PAÍS. Fue cuando Alfonso apareció por la puerta. No sé en qué trabajaba, solo sé que rondaba los 50 años de edad, que tenía un dogo argentino que lo esperaba acostado a la puerta, al otro extremo de la barra, y que leía EL PAÍS. Lo leía allí, en el bar. Y yo empecé a leerlo con él. Todos los días, nada más entrar por la puerta, le servía un whisky doble con un solo cubito de hielo. Intentaba tener todo listo para cuando él llegara, poder estar juntos hasta que cerráramos. Mi compañero no entendía qué interés podíamos encontrarle a aquellas hojas grasientas, pero no le importaba, mientras aquello supusiera que el MARCA quedaba libre. Nos reíamos tanto leyendo las peripecias de Aznar, Trillo, Cascos, Zaplana, Acebes… A veces, él se detenía y recitaba el artículo en lugar de leerlo. Acentuaba con su tono de voz las ironías que el redactor había dejado ahí para los lectores audaces. Me enseñó a leer el periódico de otra manera.
Unos días antes de que llegara el verano, me fui de aquel bar. No recuerdo cómo fue la despedida, supongo que fría, como el hielo que yo colocaba cuidadosamente en su vaso cada noche. Supongo que me dijo que disfrutara, que había escogido el oficio más bello del mundo, que muchos, como nosotros habíamos hecho cada noche de aquella temporada, disfrutarían con lo que yo escribiera para ellos. No recuerdo qué dijo el último día, pero estoy segura de que si no lo dijo, sí que lo pensó. Él amaba a aquel periódico, le proporcionaba una sensación de control sobre el mundo que no tuvo nunca en su vida, de la que fui sabiendo algo cada noche.
Han pasado más de diez años de eso. Nunca más he vuelto a ver a Alfonso ni he sabido de él. Dejé el barrio y, con los años, la ciudad. En estos días me acuerdo mucho de él porque EL PAÍS ya no me gusta como antes. Faltas de ortografía insoportables, síntoma de que muchos compañeros están en la calle y no combatiéndolas en ediciones de cierre. Argumentos peregrinos que utilizan la muerte de millones de niños en el mundo para justificar la muerte de cientos de niños en una Franja. A veces, hasta escribir Franja así, con una efe mayúscula, es toda una reivindicación velada del autor. Necesito a Alfonso para que me diga si a él le pasa lo mismo, si continúa leyéndolo con la misma pasión o si se enfada como yo. Cada día me pregunto: ¿qué vamos a leer ahora Alfonso?