Tengo al cocinero cogido por el mango.
- … porque ya sabes, donde hay timón, no manda marinero.
- Será donde hay patrón...
- Patrón no, timón.
- El dicho es: “donde hay patrón, no manda marinero”. Patrón y marinero son categorías profesionales; timón es una parte del barco.
- Y qué tiene que ver eso. El timón es el que manda, aunque sea metafóricamente hablando. Si no hubiera timón, de poco iba a servir el marinero.
- Pero vamos a ver, ¿te estás quedando conmigo? Esa expresión quiere decir que donde hay un jefe, manda el jefe, no manda el trabajador. Si dices timón no tiene sentido y además todo el mundo sabe que se dice “donde hay patrón, no manda marinero”. A cualquiera que le preguntes te dirá que es así.
- Será a cualquiera que le pregunte y haya hablado antes contigo porque yo siempre he escuchado timón, no patrón.
- Pues escuchaste mal.
- Es una metáfora del poder, igual que cuando se dice: “tengo la sartén por el mango”. Quiere decir que controlas la situación.
- Ya, pero según tú, es como si yo ahora te dijera “tengo al cocinero cogido por el mango”.
- Eso es absurdo, no tiene sentido la frase.
- Sin embargo, “donde hay timón, no manda marinero” tiene mucho sentido.
- Para mí sí.
- ¡Acabáramos! Tiene sentido para ti, pero no para millones de españoles que durante siglos han escuchado y transmitido la expresión de forma correcta, no como tú la dices. No sé en qué momento la escuchaste de manera incorrecta, luego la memorizaste, la automatizaste en tu conversación y como eres muy cabezón ahora no quieres reconocer que es incorrecta, es eso.
- Ya veo a dónde quieres llegar. Ya veo cómo intentas hacerme creer que yo, como no hablo o pienso como tú, estoy equivocado. Tú sin embargo ¿qué eres? ¿La norma?
- ¡No soy yo! Es la tradición oral de la lengua española, ¡por Dios! Esto no tiene nada que ver con ser más o menos tolerante.
- ¿Soy diferente por decir “donde hay timón, no manda marinero”? ¿A la hoguera conmigo?
- Mira, vamos a dejarlo, esto empieza a cansarme, tampoco quiero enfadarme contigo, dilo como quieras y bien dicho estará. Realmente, no importa mucho porque se sobreentiende lo que quieres decir, hasta es simpático escucharlo.
- Ahora para evitar el conflicto, para que no tengas que reconocer que estás equivocado, te das por vencido y me das la razón.
- ¡No te doy la razón! Es que no me apetece seguir con esto.
- ¿Te agota mi manera de hablar?
- No, no es eso. Es que empiezo a estar incómodo, ya no quiero hablar más del tema, me estás agobiando un poco, la verdad.
- Supongo que es el final.
- ¿El final? ¿Quién es el intransigente ahora?
- Me cansa esto, que cuestiones todo, hasta cómo hablo.
- ¡Esto sí que es el colmo! Se acabó.