Una de miedo


Llovía en el salón y saltábamos sobre los charcos. 







Por la noche, cuando se apagan todas las luces y solo se escucha el viento zumbar, tu voz es suave como este gato. Si pasan los días y me quedo parada durante demasiado tiempo, tu voz es punzante y hace que salte como un resorte. Escucharla es una parada en una estación a la sombra en medio de un largo y caluroso viaje. Suenas a café recién hecho en casa, cada día. Eso es lo que yo les digo de tu voz, pero no me entienden. Yo no sabía que era tan fina la raya que separaba el lugar donde la escuchaba, de ese otro, el futuro entero, donde no existe. Si escuchara tu voz… aunque fuera un momento, aunque lo que dijeras no tuviera ninguna importancia… Me dicen que lo primero es aceptar que nunca más voy a volver a escucharte. Incluso hay quien me ha dicho que busque a ver si tengo alguna grabación por casa o si un amigo la tiene o alguien. Para resarcirme, para lo del punto y aparte, lo de pasar página y eso. Una vez acepte que no volveré a escucharte podré, dicen, pasar a lo siguiente, que todavía no me han dicho qué es. No voy a dejar de querer escucharte de repente, al menos a corto plazo, así que me temo que no pasaremos a la segunda fase. Dicen que me he obsesionado con tu voz, que a cada uno le da por una cosa y que yo la he tomado con la voz, que es un mecanismo de la cabeza para afrontar situaciones difíciles y también que la tuya no era especialmente bonita. Lo acepto todo, menos eso. Al sonar tu voz salían mariposas de la nevera y cebras azules a rayas rosas corrían por el pasillo. Llovía en el salón y saltábamos sobre los charcos. Un dragón verde pistacho servía el vino en nuestras copas. Era algo sobrenatural tu voz.