Las alfombras se comen los gritos. En realidad, las alfombras ahogan todos los sonidos, melódicos o desagradables, y eso era lo que pasaba en aquella casa: que había muchas alfombras. Sobre una de ellas, la maleta abierta de su guitarra y la guitarra en sus manos. Él sentado en una banqueta, la sostiene entre sus brazos. En sus manos la madera parece blanda. Él se acomoda, la utiliza de almohadón, recuesta su cabeza en el lomo. Piensa qué canción puede tocar. Pasa el tiempo. Enumera mentalmente las que recuerda enteras y cuáles de esas domina y cuáles de las que domina le gustan para ese momento. Y elige. Y empiezan a sonar los acordes ¿Cómo era posible? Salto mortal a otra alfombra, a una gigantesca en la que yo peinaba una cabeza de plástico cortada por los hombros mientras las películas avanzaban sin que yo me diera mucha cuenta. Escuchaba la música mientras deshacía con un peine nudos de pelo rubio. Después me preguntaban si me había gustado la película, decía que sí, claro que me había gustado. Años después vi Grease con atención, sin peinar una muñeca y no me gustó. Disfrutaba con otras películas tan malas como esa, pero Grease era un compendio pegajoso de todo lo que no me gustaba. No tocó gritar ese día, las alfombras agradecieron el sonido de la guitarra, y a mí me sorprendió lo que no se olvida.