Pont de Ferro


Volveremos a llenarnos de viento y de lluvia, pensamos.





A las cinco de aquella tarde, el temporal que anunciaban por la radio se mudó a mi cuerpo. Dejaron de bailar los mil lazos amarillos del Pont de Ferro y dentro de mí empezó a llover y a soplar el viento. La sangre corrió como hasta hacía unos segundos bramaba la corriente del río entre las casas. Sola, en aquella habitación extraña, me pregunté cuánta gente en el mundo aguardaría en ese momento a que alguien entrara por la puerta. Después, pensé cuántos aguardarían con ilusión y cuántos con miedo. Llegaste sin darme tiempo a aclarar en cuál de ellos me incluía yo.

Casi en penumbra, a menos de un metro de la entrada, te abrazaste a un cuerpo desconocido, lo recorriste con las yemas de los dedos y lo apretaste contra ti. En silencio, lo giraste y te paraste a mirar la piel que lo cubría. Advertiste un temblor. No sabías nada, pero estabas seguro de que aquello no era miedo. No lo era. Había anochecido cuando desdibujamos los límites entre uno y otro. Dejamos de ser dos. Te zambulliste en la tormenta, así que llovió también dentro de ti.

Estamos vivos, nos decía el reflejo de nuestros ojos en la mirada del otro. Compartimos mil recuerdos sin pronunciar una palabra. Cuando parecía que no teníamos nada más que contarnos, descubrimos nuestras voces. Viajamos en el tiempo para buscar el significado de las marcas en la piel. Pactamos que en aquel momento nada tuviera importancia. Y lo cumplimos.

"Se ha puesto la noche rara", acertó a cantar Rosalía desde la radio encendida. Una quietud incómoda empezó a reinstalarse, como ocurre cuando se adormecen todas las tormentas. Antes incluso de que ocurriera empezamos a echar en falta la descarga vivida. Algún día, nos dijimos.

Volveremos a llenarnos de viento y de lluvia, pensamos.