Honey


Con un honey que es el grito de un violín, ella pide tiempo.





A veces basta una palabra para dominar una lengua entera. Ella no habla inglés y él no habla español. Para entenderse, es suficiente con que ella entone esa palabra de manera distinta: Honey.

Honey suena a correctivo cuando ella la pronuncia en la cocina, mientras prepara el desayuno y hace malabares con el teléfono. Significa: Ahora no podemos tener esta conversación porque hay gente delante. También se sobreentiende que no va a correr a la habitación para abrir su sesión de Skype por mucho que en el sofá sobre el que él está echado al otro lado del mundo sean las cinco de la tarde.

Honey es un quejido cuando ella responde a su llamada estirando los brazos y bostezando. Después de tres días levantándose a las cuatro de la mañana para limpiar 15 consultas, tres salas de espera, seis baños dobles y cuatro despachos a seis libras con cincuenta la hora, ese honey es un mordisco en la espalda, es un cosquilleo en la punta de los dedos, que empiezan a recuperar el tacto en el primer día de descanso.

Un honey meloso, infantil y un punto erótico, es el que ella utiliza cuando le agradece que, como cada primero de mes, haya ingresado 600 libras para pagar el alquiler de la habitación en la que duerme, una de las cinco de la casa que comparte con otras seis mujeres.

Con un honey que es el grito de un violín, ella pide tiempo. Tiene miedo de volver a equivocarse. Irá a Australia, pero no cuando él lo diga. Este es un honey orgulloso (dentro de sus posibilidades). Se reencontrará con él cuando venza el plazo de permanencia al que está obligada por el contrato de alquiler.

Si sostiene en la garganta la “y” de honey, plantea condiciones. ¿Y si esperáramos?, intenta decirle ella. Lo que obtiene es una marabunta incomprensible que le llevaría horas traducir con Google. Así que opta por entonar un honey nuevo, uno que se extiende por la línea telefónica como una crema hidratante y que suena a “haremos lo que tú digas”.

Hay un honey que es una sonrisa traviesa y que al escucharlo hace que los dos recuerden cómo empezó todo. «¿Por qué te acercaste a mi mesa en la cafetería?» Fue un honey atrevido el que le dedicó aquella tarde, mientras apuntaba su número de teléfono en una servilleta. Luego vendría el paseo por el parque, las noches de hotel y los cientos de malentendidos con los que tanto se ríen. Y la despedida, cuando decir honey fue (y es) un pinchazo en la garganta.

NOTA: Vivir con ella es escuchar a Carlos Vives.