Asustarse con las sombras de los troncos y las ramas proyectadas en el suelo.
"Por si se te olvida el color del otoño…". La fotografía mostraba un camino cubierto de hojas. Era cierto, hacía años que no vivía un otoño como el de la imagen. No lo había echado en falta. El frío, la niebla y la lluvia. “¿Cuántos años hace que no me pongo un abrigo?” – se preguntó. De repente, deseó sentir frío, aquel frío.
Eran las ocho y cuarto de la tarde cuando abrió la puerta y salió a la calle. Estaba descalza. Caminó por donde las farolas están rotas, por donde está oscuro. Sintió las grietas de la acera bajo sus pies. Su cuerpo ardía. Se quitó la camiseta y llegó hasta las casas abandonadas. Sudaba mientras se esforzaba por recordar cuál fue la última vez que vio a los árboles cambiar de color. Dejó el pantalón a la entrada del camino a la playa. Quería volver a pisar los erizos y que las castañas salieran disparadas bajo sus pies. Abanicarse con hojas secas. Asustarse con las sombras de los troncos y las ramas proyectadas en el suelo.
Estaba desnuda, de pie, sobre la arena. Observaba las olas romper contra la orilla. Se relamió la sal de los labios. Un golpe tras otro y ese murmullo que mece. Las enfermeras la encontraron allí dormida a la mañana siguiente. Al ir a incorporarla, notaron el calor que desprendía. Tiritaban. Ella las miró y les dijo: - "Había olvidado el color del otoño".