Cerrar los ojos


Así todo era gigante, una inmensidad oscura en la que imaginarlo todo.




- “Si ves que te agobias – me aconsejó la enfermera- , abre los ojos”. La camilla sobre la que estaba echada empezó a deslizarse hacia el interior de aquella enorme cápsula. Primero entró la cabeza, luego los hombros y muy lentamente, la cintura, la pelvis, las rodillas y los pies. Antes de encerrarme allí, repitió: - “Abre los ojos si te agobias y no dudes en hacer sonar el timbre si quieres salir”. Entendido. Alguien debió de pasarlo tan mal aquí dentro, que tuvieron que inventar esta pera de plástico para decir ¡Basta! La pesada puerta se cerró y yo esperé tranquila a que empezara la otra parte de la resonancia, el ruido, tan parecido a ese vecino al que le encanta colgar cuadros o arreglar las puertas de los armarios a martillazos los domingos a las diez de la mañana. Al principio mantuve los ojos abiertos. Al poco, en contra de la recomendación, decidí cerrarlos. Así todo era gigante, una inmensidad oscura en la que imaginarlo todo. Cuando apenas había empezado a correr por praderas, perseguida por dinosaurios mutantes, abrí un momento los ojos. “Qué pequeño es este trasto”. Volví a cerrarlos. Bailé en el sambódromo de Río un rato y volví a abrirlos. “Dios, qué estrecho”. Los cerré de nuevo y así pasó un buen rato. Empecé a pensar en lo plácido que resulta ignorar lo que te rodea y en la de veces que preferí, simplemente, cerrar los ojos.