Probablemente, él definió aquella historia por lo que no era y la llamó “bonita” porque no era fea.
“Es una historia muy bonita”. De todo el vocabulario de la lengua española, él había escogido la palabra más descorazonadora: “bonita”. No maravillosa, no sensacional. “Tierna” o “conmovedora” habrían añadido algún pequeño matiz. Pero así fue aquella historia para él: “Linda, agraciada, de cierta proporción y belleza”. Para ella había sido un vendaval inesperado, electrizante, apasionado y un punto inconsciente. Merecía dos disertaciones, tres tesis doctorales y un informe final de 8.000 palabras. Él redujo todo eso al adjetivo más austero del latín, el diminutivo de “bonus”, bonito. Ella, devota de la sencillez, lo excusó en un principio y lo atribuyó a una interpretación reduccionista, a la belleza de lo simple cuando resulta de un ejercicio mental frenético. Pero “bonita” no había surgido de una alambicada actividad cerebral. Probablemente, él definió aquella historia por lo que no era y la llamó “bonita” porque no era fea.