Más entero


Ahora, cómplices, descubren que los dos han aprendido a entenderlo, aunque sean incapaces de explicar qué quiere decir.






Más entero, más entero, masculla Antonio López en la película El sol del membrillo, mientras apura su trabajo sobre el lienzo, amenazado por las lluvias y la luz huidiza de un otoño ya tardío. Su compañero en esa escena y en su etapa de estudiante, sentado ahora a un metro de él, recuerda eso que a duras penas se le escapa al pintor entre los dientes, concentrado en el árbol al que le tiene echado un pulso. Más entero. Los dos ríen al recordar cómo un profesor evaluaba sus trabajos con gesto grave y con tan solo esas dos palabras: Más entero. No tenían ni idea de lo que significaba. Ahora, cómplices, descubren que los dos han aprendido a entenderlo, aunque sean incapaces de explicar qué quiere decir. Aquello que era una incógnita de la adolescencia, había llegado con ellos a la madurez con el mismo grado de encriptación lingüística. Una frase de contenido indescifrable o quizá todo lo contrario, la clarividencia de una vida condensada en dos palabras. Más entero, mascullaba travieso el pintor antes de que un invierno implacable le obligara a recoger sus bártulos, abandonar el membrillo y los gruesos frutos que tanto ansiaba dibujar. Más entero, sonreía antes de verlos pudrirse en el suelo. Ahora conocía el significado y se reía.